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lunes, 11 de septiembre de 2017

Papa Francisco y la Familia: testimoniar a Cristo frente a las divisiones del mundo



            El mundo, desgraciadamente, está marcado por las divisiones y los conflictos, así como por formas graves de pobreza material y espiritual, incluida la explotación de las personas, incluso de niños y ancianos, y espera de los cristianos un testimonio de mutua estima y cooperación fraterna, que haga brillar, ante toda conciencia, el poder y la verdad de la resurrección de Cristo.
El compromiso paciente y renovado hacia la plena unidad, la intensificación de las iniciativas comunes y la colaboración entre todos los discípulos del Señor con vistas al bien común, son como luz brillante en una noche oscura, y una llamada a vivir también las diferencias en la caridad y en la mutua comprensión.
Pienso que el espíritu ecuménico adquiere un valor ejemplar, incluso fuera de los límites visibles de la comunidad eclesial, y representa, para todos, una fuerte llamada a componer las divergencias, mediante el diálogo y la valorización de lo que une.
Esto impide también la instrumentalización y la manipulación de la fe, porque obliga a redescubrir las genuinas raíces, a comunicar, defender y propagar la verdad, en el respeto de la dignidad de todo ser humano, y con modos que trasparenten la presencia de ese amor y de aquella salvación, que se quiere difundir.
Se ofrece de este modo al mundo —que tiene necesidad urgente de ello— un convincente testimonio de que Cristo está vivo y operante, capaz de abrir siempre nuevas vías de reconciliación entre las naciones, las civilizaciones y las religiones. Se confirma y se hace creíble que Dios es amor y misericordia.
Pido armonizar los conflictos que desgarran la vida civil y producen divisiones difíciles de sanar.
También quiero destacar la fe de vuestro pueblo y doy  gracias porque vuestra fe ha conferido al país su identidad peculiar y la ha hecho mensajera de Cristo entre las naciones.
Cristo es vuestra gloria, vuestra luz, el sol que os ha iluminado y dado una nueva vida, que os ha acompañado y sostenido, especialmente en los momentos de mayor prueba. Me inclino ante la misericordia del Señor, que ha querido que vuestro país se convirtiese y acogiese  el cristianismo como su religión, en un tiempo en el que todavía arreciaban las persecuciones.
La fe en Cristo no ha sido para este pueblo como un vestido que se puede poner o quitar en función de las circunstancias o conveniencias, sino una realidad constitutiva de su propia identidad, un don de gran valor que se debe recibir con alegría, y custodiar con atención y fortaleza, a precio de la misma vida. Que el Señor os siga bendiciendo.
                                                                                  Fernando


lunes, 4 de septiembre de 2017

Papa Francisco y la Familia: Pilares de la vida cristiana


¿Qué es lo que el Señor quiere que construyamos hoy en la vida? ¿Sobre qué cimientos quiere que construyamos nuestras vidas? Quisiera responder a estas preguntas proponiendo tres bases estables sobre las que edificar y reconstruir incansablemente la vida cristiana.
 1.-Memoria
La gracia que tenemos que pedir al Señor es la de saber recuperar la memoria, la memoria de lo que el Señor ha hecho en nosotros y por nosotros: recordar que, en el Evangelio se nos dice qu Él no nos ha olvidado, que se acuerda de nosotros: es más, nos ha elegido, amado, llamado y perdonado.
Hay también otra memoria que se ha de custodiar: la memoria de cada pueblo, al que Dios no ha dejado solos. Incluso en medio de tremendas dificultades, podríamos decir con el Evangelio   que el Señor ha visitado a su pueblo: se ha acordado de vuestra fidelidad al Evangelio, de las primicias de vuestra fe, de todos los que han dado testimonio, aun a costa de su sangre, ya que el amor a Dios vale más que la vida.
2.-Fe
La fe es la esperanza para vuestro futuro, la luz en el camino de la vida. Existe siempre un peligro que puede ensombrecer la luz de la fe: es la tentación de considerarla como algo del pasado, como algo importante, pero perteneciente a otra época, como si la fe fuera un libro miniado para conservar en un museo.
Sin embargo, si se la relega a los anales de la historia, la fe pierde su fuerza transformadora, su intensa belleza, su apertura positiva a todos. La fe, en cambio, nace y renace en el encuentro vivificante con Jesús, en la experiencia de su misericordia que ilumina todas las situaciones de la vida. Es bueno que revivamos todos los días este encuentro vivo con el Señor.
A los jóvenes les pido que si Jesús os llama para seguirlo más de cerca, para entregar la vida por él y por los hermanos, no tengáis miedo, dadle vuestro sí.
Él nos conoce, nos ama de verdad, y desea liberar nuestro corazón del peso del miedo y del orgullo. Dejándole entrar, seremos capaces de irradiar amor. De esta manera, podréis dar continuación a vuestra gran historia de evangelización, que la Iglesia y el mundo necesitan en esta época difícil, pero que es también tiempo de misericordia.
3.-Amor misericordioso
La vida del discípulo de Jesús se basa en esta roca, la roca del amor recibido de Dios y ofrecido al prójimo. Por eso, el rostro de la Iglesia se rejuvenece y se vuelve atractivo viviendo la caridad.
El amor concreto es la tarjeta de visita del cristiano: otras formas de presentarse son engañosas e incluso inútiles, porque todos conocerán que somos sus discípulos si nos amamos unos a otros.
Os aseguro que estamos llamados ante todo a construir y reconstruir, sin desfallecer, caminos de comunión, a construir puentes de unión y superar las barreras que separan. Que los creyentes den siempre ejemplo, colaborando entre ellos con respeto mutuo y con diálogo, a sabiendas de que la única competición posible entre los discípulos del Señor es buscar quién es capaz de ofrecer el amor más grande.
Por otro lado, os recuerdo que se necesitan cristianos que no se dejen abatir por el cansancio y no se desanimen ante la adversidad, sino que estén disponibles y abiertos, dispuestos a servir.
También se necesitan hombres de buena voluntad, que con hechos y no sólo con palabras ayuden a los hermanos y hermanas en dificultad; se necesitan sociedades más justas, en las que cada uno tenga una vida digna y un trabajo justamente retribuido.
Que la Virgen María, nuestra Madre, os acompañe siempre y guíe los pasos de todos, en el camino de la fraternidad y de la paz. Que así sea.
                                                                                              Fernando


lunes, 28 de agosto de 2017

El Papa Francisco y la Familia: la importancia de rezar el Padre Nuestro



Al rezarlo, hemos de tener presente, siempre,  que somos hijos de Dios y que perdonamos a aquellos que nos han ofendido.
Cuando Jesús enseña la oración del Padre Nuestro a sus discípulos, es porque Jesús se dirige siempre al Padre en los momentos fuertes de su vida, porque conoce que es un Padre que sabe qué necesitamos antes de que nosotros se lo pidamos. Se trata de alguien que nos escucha en lo escondido, en lo secreto, como Él, Jesús, aconseja orar: en lo secreto.
Más aún, este Padre nos da la identidad de hijos. Y cuando digo ‘Padre’ llego a las raíces de mi identidad: mi identidad cristiana es ser hijo y ésta es una gracia del Espíritu.
“Ninguno puede decir ‘Padre’ sin la gracia del Espíritu. ‘Padre’ que es la palabra que Jesús usaba en los momentos más fuertes: cuando estaba lleno de alegría, de emoción: ‘Padre, te doy gracias porque me has escuchado’; o después al final, en los momentos finales de su vida, al final”.
Por tanto, “Jesús habla con el Padre. Es el camino de la oración y por esto me permito decir que es el espacio de oración”. “Sin sentir que somos hijos, sin sentirnos hijo, sin decir Padre, nuestra oración es pagana, es una oración de solo palabras”.
El Papa también dijo que se puede rezar a la Virgen, a los ángeles y a los santos, pero “la piedra angular de la oración es Padre”.
“Es sentir la mirada del Padre en mí, sentir que esa palabra ‘Padre’ no está vacía como las palabras de la oración de los paganos: es una llamada a Aquél que me ha dado la identidad de hijo”.
“Y después –prosiguió- a todos los santos, a los ángeles, hacemos las procesiones, las peregrinaciones… todo hermoso, pero siempre comenzando con ‘Padre’ y con la conciencia de que somos hijos y de que tenemos un Padre que nos ama y conoce nuestras necesidades”.
Pero en esta oración también se encuentra la palabra “nuestro” porque “somos hermanos, somos familia”. Es importante “la capacidad de perdón, de olvidar, olvidar las ofensas, ese sano hábito de ‘dejémoslo, que el Señor lo haga Él’ y no ir al rencor, al resentimiento, querer venganza”.
Así pues el Pontífice invitó a “orar al Padre perdonando a todos, olvidando las ofensas” porque “es la mejor oración que se puede hacer”.
“Es bueno que a veces hagamos un examen de conciencia sobre esto. ¿Para mi Dios es Padre, lo siento como Padre? Y si no lo siento así, le pido al Espíritu Santo que me enseñe a sentirlo así. ¿Soy capaz de olvidar las ofensas, de perdonar, de dejarlo pasar y si no, pedir al Padre que nos ayude a perdonar?. Hagamos este examen de conciencia sobre nosotros y nos hará bien, bien, bien. ‘Padre’ y ‘nuestro’: nos da la identidad de hijos y nos da una familia para ir juntos en la vida”.

Fernando


lunes, 21 de agosto de 2017

Papa Francisco y la Familia: Con Jesús siempre hay liberación



Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de restituir la vista a un ciego que mendigaba a lo largo del camino (Lc 18,35-43)
El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.
Está separado de la gente, ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino,   el camino es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.
Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y próspera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.
Mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuántas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio. Cuántas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: nos pasa a todos nosotros.  La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.
Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacía la gente cuando el ciego gritaba: “pero tú vete, no hables, no grites”.
Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).
Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe.
De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.
Se realiza así un doble pasaje:
Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.
Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser  mejor cristiano, a seguir a Jesús.
Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús, llamándolo “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.
El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe, ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.
Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.
Siempre todos tenemos necesidad de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia, con fuerte voz, su encuentro con Jesús de Nazaret, y  «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).
Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso.
Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!                                                  Fernando


lunes, 14 de agosto de 2017

Papa Francisco y la Familia: Todo cristiano debe amar a su enemigo y rezar por él


           
En el Evangelio de Mt 5, 43- 44 se lee : «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”.  Este es uno de los mensajes centrales de Jesús y de la Iglesia: amar al enemigo, y rezar por ellos.
Que el Señor nos dé la gracia, esta gracia: oren por los enemigos, por aquellos que nos desean mal, que no quieren el bien para nosotros. Orar por aquellos que nos hacen mal, que nos persiguen. Y cada uno de nosotros sabe el nombre y el apellido: oro por esto, por esto, por esto… Les aseguro que esta oración hará dos cosas: a él lo hará mejorar porque la oración es potente, y a nosotros nos hará más hijos del Padre. 
Cuando Jesús inicia su predicación, la explicación de la Ley entonces estaba en crisis. Era una explicación demasiado teórica, casuística, digamos que era una ley en la que no existía el corazón propio de la Ley, que es el amor de Dios que nos ha dado a nosotros.
Por esto el Señor repite lo que ya estaba en el Antiguo Testamento: ‘¿el mandamiento más grande cuál es?’. Amar a Dios con todo el corazón, con todas sus fuerzas, con todo el alma, y al prójimo como a ti mismo.
En la explicación de los doctores de la Ley esto no estaba tan en el centro. En el centro estaban los casos: ‘¿Pero se puede hacer esto?’, ‘¿Y si no se puede?’. La casuística característica de la Ley.  Y Jesús toma esto, y relanza el verdadero sentido de la Ley, para llevarlo a su plenitud.
Así, Jesús ofrece muchos ejemplos, en los que muestra cómo los mandamientos son buenos: “No matarás”, que también se refiere a insultar a un hermano.
La explicación que hace Jesús de los mandamientos, y que se puede ver sobre todo en el Evangelio de San Mateo, es un camino de sanación: un corazón herido por el pecado original -todos nosotros tenemos el corazón herido por el pecado, todos- debe ir por este camino de corazón y sanar, para asemejarnos al Padre, que es perfecto.
Amar al enemigo es el último escalón de este camino, es el más difícil. Pidámoslo al Padre.                                                                                              Fernando


lunes, 7 de agosto de 2017

Papa Francisco y la Familia: Ante el hambre en el mundo



Hoy nos encontramos con una excesiva información que va generando paulatinamente la ‘naturalización’ de la miseria. Es decir, poco a poco, nos volvemos inmunes a las tragedias ajenas y las evaluamos como algo ‘natural’.
Son tantas las imágenes que nos invaden que vemos el dolor, pero no lo tocamos; sentimos el llanto, pero no lo consolamos; vemos la sed pero no la saciamos. De esta manera, muchas vidas se vuelven parte de una noticia que, en poco tiempo, será cambiada por otra. Y mientras cambian las noticias, el dolor, el hambre y la sed no cambian, permanecen. Tal tendencia –o tentación– nos exige un paso más y, a su vez, revela el papel fundamental de las Instituciones, para el escenario global. Hoy no podemos darnos por satisfechos con sólo conocer la situación de muchos hermanos nuestros. Es necesario ‘desnaturalizar’ la miseria y dejar de asumirla como un dato más de la realidad,  porque la miseria tiene rostro: tiene rostro de niño, tiene rostro de familia, tiene rostro de jóvenes y ancianos. Tiene rostro en la falta de posibilidades y de trabajo de muchas personas, tiene rostro de migraciones forzadas, casas vacías o destruidas. No podemos ‘naturalizar’ el hambre de tantos; no nos está permitido decir que su situación es fruto de un destino ciego frente al que nada podemos hacer.
Por otro lado, tenemos que las burocracias mueven expedientes; la compasión, en cambio, se juega por las personas. Por eso, es necesario trabajar para ‘desnaturalizar’ y desburocratizar la miseria y el hambre de nuestros hermanos.
La falta de alimentos no es algo natural, no es un dato ni obvio, ni evidente. Que hoy en pleno siglo XXI muchas personas sufran este flagelo, se debe a una egoísta y mala distribución de recursos, a una ‘mercantilización’ de los alimentos. El alimento es un don que hemos convertido en privilegio de unos pocos.  
El consumismo es una de las causas que nos ha inducido a acostumbrarnos a lo superfluo y al desperdicio cotidiano de alimento, al cual, a veces, ya no somos capaces de dar el justo valor, que va más allá de los meros parámetros económicos. Por ello, decimos que el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre.
Por otro lado, vivimos en un mundo inestable, en el que, últimamente, las guerras y las amenazas de conflictos es lo que predomina en nuestros intereses y debates.
Las armas han alcanzado una preponderancia inusitada, de tal forma que han arrinconado totalmente otras maneras de solucionar las cuestiones en pugna, y, mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no; no importa la proveniencia, circulan con una libertad jactanciosa y casi absoluta en tantas partes del mundo. Y de este modo, son las guerras las que se nutren y no las personas. En algunos casos, hasta la misma hambre se utiliza como arma de guerra.
Somos plenamente conscientes de ello, pero dejamos que nuestra conciencia se anestesie y así la volvemos insensible. De tal modo que la fuerza se convierte en nuestro único modo de actuar, y, el poder en el objetivo perentorio a alcanzar. Las poblaciones más débiles no sólo sufren los conflictos bélicos sino que, a su vez, ven frenados todo tipo de ayuda. Por esto urge desburocratizar todo aquello que impide que los planes de ayuda humanitaria cumplan sus objetivos.
“Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”. En estas palabras se halla las máximas del cristianismo. Una expresión que, más allá de los credos y de las convicciones, podría ser ofrecida como regla de oro para nuestros pueblos

             Finalmente diré que un pueblo se juega su futuro en la capacidad que tenga para asumir el hambre y la sed de sus hermanos. En esta capacidad de socorrer al hambriento y al sediento podemos también medir el pulso de nuestra humanidad. Muchas gracias.                                                         Fernando

lunes, 31 de julio de 2017

Papa Francisco y la familia: Ante la falsedad de cerrar los ojos ante la enfermedad y la discapacidad



El verdadero sentido de la vida incluye también la aceptación del sufrimiento y de la limitación. El mundo no será mejor cuando esté compuesto solamente por personas aparentemente ‘perfectas’, sino cuando crezca la solidaridad entre los seres humanos, la aceptación y el respeto mutuo.
Hoy, el modo en que vivimos la enfermedad y la discapacidad es signo del amor que estamos dispuestos a ofrecer. El modo en que afrontamos el sufrimiento y la limitación es el criterio de nuestra libertad de dar sentido a las experiencias de la vida, aun cuando nos parezcan absurdas e inmerecidas.
Nosotros decimos que el sufrimiento y la enfermedad encuentran su sentido en Cristo. En realidad, todos, tarde o temprano, estamos llamados a enfrentarnos, y a veces a combatir, con la fragilidad y la enfermedad nuestra y la de los demás.
Esta experiencia plantea, de manera aguda y urgente, la pregunta por el sentido de la existencia y se suele responder de dos maneras: con una actitud cínica, como si todo se pudiera resolver soportando o contando sólo con las propias fuerzas, o,  poniendo toda la confianza en los descubrimientos de la ciencia, pensando que ciertamente en alguna parte del mundo existe una medicina capaz de curar la enfermedad. Sin embargo, lamentablemente no es así, e incluso aunque esta medicina se encontrase no sería accesible a todos.
Por otro lado, en la actualidad, se considera que una persona enferma o discapacitada no puede ser feliz, porque es incapaz de realizar el estilo de vida impuesto por la cultura del placer y de la diversión.
En esta época en la que el cuidado del cuerpo se ha convertido en un mito de masas y por tanto en un negocio, lo que es imperfecto debe ser ocultado, porque va en contra de la felicidad y de la tranquilidad de los privilegiados y pone en crisis el modelo imperante. Es mejor tener a estas personas separadas, en algún ‘recinto’ -tal vez dorado- o en las ‘reservas’ del pietismo y del asistencialismo, para que no obstaculicen el ritmo de un falso bienestar.  Incluso en algunos casos se considera que es mejor deshacerse cuanto antes, porque son una carga económica insostenible en tiempos de crisis.
Pero, en realidad, con qué falsedad vive el hombre de hoy al cerrar los ojos ante la enfermedad y la discapacidad. No comprende el verdadero sentido de la vida, que incluye también la aceptación del sufrimiento y de la limitación. El mundo no será mejor cuando esté compuesto solamente por personas aparentemente ‘perfectas’, sino cuando crezca la solidaridad entre los seres humanos, la aceptación y el respeto mutuo.
En el Evangelio, se nos presenta a una mujer pecadora que es acogida por Jesús. La mujer pecadora es juzgada y marginada, mientras Jesús la acoge y la defiende: ‘Porque tiene mucho amor’. Es esta la conclusión de Jesús, atento al sufrimiento y al llanto de aquella persona. Su ternura es signo del amor que Dios reserva para los que sufren y son excluidos.
Sabemos que no existe sólo el sufrimiento físico, puesto que, hoy, una de las patologías más frecuentes son las que afectan al espíritu. Es un sufrimiento que afecta al ánimo y hace que esté triste porque está privado de amor. Cuando se experimenta la desilusión o la traición en las relaciones importantes, entonces descubrimos nuestra vulnerabilidad, debilidad y desprotección. La tentación de replegarse sobre sí mismo llega a ser muy fuerte, y se puede hasta perder la oportunidad de la vida: amar a pesar de todo.
Por ello, la felicidad que cada uno desea, puede tener muchos rostros, pero sólo puede alcanzarse si somos capaces de amar: Es siempre una cuestión de amor, no hay otro camino. El verdadero desafío es el de amar más.
¿Qué podemos reprochar a Dios por nuestras enfermedades y sufrimiento que no esté ya impreso en el rostro de su Hijo crucificado?.  A su dolor físico se agrega la afrenta, la marginación y la compasión, mientras Él responde con la misericordia que a todos acoge y perdona.
Jesús es el médico que cura con la medicina del amor, porque toma sobre sí nuestro sufrimiento y lo redime. Nosotros sabemos que Dios comprende nuestra enfermedad, porque Él mismo la ha experimentado en primera persona.

                                                                                                                      Fernando

lunes, 24 de julio de 2017

Papa Francisco y la familia: Conversión y cambiar el estilo de vida



La conversión está presente en toda la Biblia, de modo particular en la predicación de los profetas, que invitan continuamente al pueblo a ‘volver al Señor’ pidiéndole perdón y cambiando de estilo de vida.

            Convertirse según los profetas significa cambiar de dirección de marcha y dirigirse de nuevo al Señor, basándose en la certeza de que Él nos ama y su amor es siempre fiel.

            El mismo Jesús se dirigió a la gente diciendo: ¡conviértanse y crean en el Evangelio!. Con este anuncio Él se presenta al pueblo, pidiendo acoger su palabra como la última y definitiva que el Padre dirige a la humanidad.

Cuando Jesús llama a la conversión no se erige en juez de las personas, sino que lo hace a partir de la cercanía, del compartir la condición humana, esto es, compartir el camino, la casa, mesa. Es que la misericordia hacia los que tenían necesidad de cambiar de vida, llegaba con su presencia amable, para envolver a cada uno en la historia de salvación.

            De esta manera, Jesús tocaba en lo profundo del corazón de las personas y ellas se sentían atraídas por el amor de Dios y los animaba a cambiar de vida.

Como ejemplo nos encontramos con las conversiones de Mateo y de Zaqueo, quienes se sintieron amados por Jesús y, a través de Él, por el Padre.

            Porque pienso que  la verdadera conversión llega cuando acogemos el don de la gracia. Un claro signo de su autenticidad es que nos acordemos de la necesidad de los hermanos, y estemos listos para ir a su encuentro.

            Os invitó a acoger la invitación de Dios a la conversión y a no poner resistencias, porque sólo si nos abrimos a su misericordia encontraremos la verdadera vida y la verdadera alegría.

                                                                                                          Fernando

lunes, 17 de julio de 2017

Papa francisco y la Familia: algunas claves para ser un buen papá.


           
La figura del padre conlleva aspectos positivos y decisivos. Eh aquí algunas claves que potencian su figura:

1.- Alegrarse con lo correcto
Toda familia necesita un padre.  Y un padre que no se vanagloríe de que su hijo sea como él, sino que se alegre de que aprenda la rectitud y la sensatez, que es lo que cuenta en la vida. Esto será la mejor herencia que podrá transmitir al hijo y se sentirá henchido de gozo cuando vea que la ha recibido y aprovechado.

2.- Educar con cariño
El padre trata de enseñar al hijo lo que aún no sabe: corregir los errores que aún no ve, orientar su corazón, protegerlo en el desánimo y la dificultad. Todo ello con cercanía, con dulzura y con una firmeza que no humilla.

3.- Acompañar con paciencia
Estar presente en la familia, compartir los gozos y las penas con la mujer, acompañar a los chicos a medida que van creciendo. La parábola evangélica del Hijo pródigo nos muestra al padre que espera en la puerta de casa el retorno del hijo que se equivocó. Sabe esperar, sabe perdonar, sabe corregir.
También hoy los hijos al volver a casa con sus fracasos necesitan a un padre que los espere, que los proteja, los anime, les enseñe cómo seguir por el buen camino. A veces tiene que castigarlo, pero nunca le da una bofetada en la cara.

4.- Orar con confianza
Los hijos, muchas veces, no admitirán los fracasos; pero necesitan del padre como todos necesitamos acudir al único Padre Bueno, como dice el Evangelio, el Padre nuestro que está en los cielos.

5.- Seguir a San José
Pidamos al Señor que nunca falte en las familias la presencia de un buen padre, que sea mediador y custodio de la fe en la bondad, en la justicia y en la protección de Dios, como lo fue San José.                                                                            

Fernando

lunes, 3 de julio de 2017

Papa Francisco y la familia: el no juzgar a los demás



El no juzgar a los demás es muy importante, puesto que el único que puede hacerlo es Dios, y, nosotros, antes de hacerlo, mirémonos en el espejo.
Todos queremos que en el Juicio Final el Señor nos mire con benevolencia, que el Señor se olvide de tantas cosas feas que hemos hecho en la vida. Y si tú juzgas continuamente a los otros, con la misma medida serás juzgado, nos dice el Evangelio.
Mírate en el espejo, pero no para maquillarte y que no se vean las arrugas. No, no, no, ese no es el consejo. Mírate al espejo para ver cómo eres. ‘¿Por qué miras las brizna que hay en el ojo de tu hermano y no te fijas en la viga que tienes en el tuyo’? ¿Y cómo nos califica el Señor cuando hacemos esto? Una sola palabra: hipócrita, quita antes la viga de tu ojo y entonces verás bien para quitar la brizna del ojo de tu hermano, nos dice Jesús.
Cuando leemos este pasaje del Evangelio, parece que el Señor se enfada un poco aquí, y llama hipócrita a aquel que se pone en el lugar de Dios. Se trata de algo que quiere el demonio, como ya hizo con Adán y Eva, ponerse en el lugar de Dios.
Por eso es tan feo juzgar. ¡El juicio sólo es de Dios, sólo es suyo! A nosotros nos corresponde el amor, la comprensión, rezar por los otros cuando vemos cosas que no son buenas, pero también hablarles a ellos: ‘mira, yo veo esto y quizás…’ Pero nunca juzgar. Nunca. Esto es hipocresía”.
Cuando nosotros juzgamos, nos ponemos en el puesto de Dios, y nuestro juicio es un pobre juicio, nunca puede ser un juicio verdadero.
Preguntémonos: ¿por qué nuestro juicio no puede ser como el de Dios?. Porque, a nuestro juicio le falta la misericordia. Y cuando Dios juzga, juzga con misericordia.
Pensemos hoy en esto que el Señor nos dice: no juzgar, para no ser juzgados;  el modo, la medida con la cual juzguemos será la misma que usarán con nosotros; y, tercero, mirémonos en el espejo antes de juzgar. ‘Esta hace eso, este hace eso otro…’. ‘Espera un momento’. Me miro en el espejo, y después, pienso. Al contrario seré un hipócrita, porque me pongo en el lugar de Dios y, también, mi juicio es un pobre juicio; le falta algo importante que sí tiene el juicio de Dios, le falta la misericordia.
Que el Señor nos haga entender bien estas cosas. Amén.
                                                                                  Fernando

  

lunes, 26 de junio de 2017

Papa Francisco y la familia: la misión del Espíritu Santo



Uno de los aspectos de la misión del Espíritu Santo es ayudar a recordar las palabras de Jesús para ponerlas en práctica. Por eso, cuando ustedes leen todos los días – como les he aconsejado – un pasaje del Evangelio, han de pedir al Espíritu Santo: ‘Que yo entienda y que yo recuerde estas palabras de Jesús’. Y luego se lee el pasaje, todos los días… Pero antes aquella oración al Espíritu, que está en nuestro corazón: ‘Que yo recuerde y que yo entienda’.
El Evangelio que nos vuelve a llevar al Cenáculo, donde Jesús, antes de padecer su Pasión y muerte en la Cruz, promete a los Apóstoles el don del Espíritu Santo, que tendrá la tarea de enseñar y de recordar sus palabras a la comunidad de los discípulos: ‘El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho’. Enseñar y recordar. Y esto es aquello que hace el Espíritu Santo en nuestros corazones.
En el momento en el que está cerca de regresar al Padre, Jesús preanuncia la venida del Espíritu que ante todo enseñará a los discípulos a comprender cada vez más plenamente el Evangelio, a acogerlo en su existencia y a hacerlo vivo y operante con el testimonio.
Jesús está próximo a confiar a los Apóstoles -que justamente quiere decir ‘enviados’- la misión de llevar el anuncio del Evangelio por todo el mundo, y les promete que no se quedarán solos: el  Espíritu Santo, el Paráclito, estará con ellos, a su lado, es más, estará en ellos, para defenderlos y sostenerlos. Jesús regresa al Padre pero continúa acompañando y enseñando a sus discípulos mediante el don del Espíritu Santo.
El segundo aspecto de la misión del Espíritu Santo consiste en el ayudar a los Apóstoles a recordar las palabras de Jesús. El Espíritu tiene la tarea de despertar la memoria, recordar las palabras de Jesús. El divino Maestro ha comunicado ya todo aquello que pretendía confiar a los Apóstoles: con Él, Verbo encarnado, la revelación es completa.
El Espíritu hará recordar las enseñanzas de Jesús en las diversas circunstancias concretas de la vida, para poderlas poner en práctica. Es precisamente lo que sucede todavía hoy en la Iglesia, guiada por la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que pueda llevar, a todos, el don de la salvación, o sea el amor y la misericordia de Dios.
¡No estamos solos!: Jesús está cerca de nosotros, en medio de nosotros, dentro de nosotros, y así ocurre, en la historia, mediante el don del Espíritu Santo, por medio del cual es posible instaurar una relación viva con Él, el Crucificado Resucitado.
El Espíritu, difundido en nosotros con los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, actúa  en nuestra vida. Él nos guía en la forma de pensar, de actuar, de distinguir qué cosa es buena y qué cosa es mala; nos ayuda a practicar la caridad de Jesús, su donarse a los  demás, especialmente a los más necesitados.
¡No estamos solos! Y la señal de la presencia del Espíritu Santo es también la paz que Jesús dona a sus discípulos: ‘Les doy mi paz’.
La paz de Jesús es diferente de aquella que los hombres se desean e intentan realizar. La paz de Jesús brota de la victoria sobre el pecado, sobre el egoísmo que nos impide amarnos como hermanos. Es don de Dios y señal de su presencia. Todo discípulo, llamado hoy a seguir a Jesús cargando la cruz, recibe en sí la paz del Crucificado Resucitado en la seguridad de su victoria y en la espera de su definitiva venida.
Pido a la Virgen María que nos ayude a acoger con docilidad el Espíritu Santo como Maestro interior y como Memoria viva de Cristo en el camino cotidiano.                                  Fernando


lunes, 19 de junio de 2017

Papa Francisco y la Familia: Ante la Reconciliación



Dios no ha dejado jamás de ofrecer su perdón a los hombres: su misericordia se ha manifestado de generación en generación.
Muchas veces pensamos que nuestros pecados alejan al Señor de nosotros: en realidad, pecando, nosotros nos alejamos de Él, pero Él, viéndonos en el peligro, con mayor razón nos viene a buscar. Dios no se conforma jamás con la posibilidad que una persona permanezca extraña a su amor, pero en cambio, espera  encontrar en ella algún signo de arrepentimiento por el mal realizado.
Sólo con nuestras fuerzas no lograremos reconciliarnos con Dios. El pecado es de verdad una expresión de rechazo a su amor, con la consecuencia de cerrarnos en nosotros mismos. Pero, lejos de Dios no tenemos  una meta, y de peregrinos en este mundo nos hacemos “errantes”.  
Por eso se dice que, cuando pecamos, nosotros “le damos la espalda a Dios”. Es justamente así, el pecador  se ve solo a sí mismo, y pretende de este modo ser autosuficiente; por eso, el pecado aumenta siempre más la distancia entre nosotros y Dios, y esto se puede convertir en un abismo. A pesar de ello, Jesús viene a buscarnos como buen pastor que no está contento hasta que no encuentra la oveja perdida, como leemos en el Evangelio (Cfr. Lc 15,4-6). Él reconstruye el puente que nos une al Padre y nos permite reencontrar la dignidad de hijos. Con el sacrificio de su vida nos ha reconciliado con el Padre y nos ha donado la vida eterna (Cfr. Jn 10,15).
«¡Déjense reconciliar con Dios!» (2 Cor 5,20) - «¡Dejémonos reconciliar con Dios!» -: es el grito que el apóstol Pablo dirige a los primeros cristianos de Corinto, que, hoy, con la misma fuerza y convicción, vale para todos nosotros. ¡Dejémonos reconciliar con Dios!  
Tantas personas quisieran reconciliarse con Dios pero no saben cómo hacerlo, o no se sienten dignos, o no quieren admitirlo, ni siquiera a sí mismos. La comunidad cristiana puede y debe favorecer el regreso sincero a Dios de cuantos sienten su nostalgia. Sobre todo cuantos realizan el «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18) están llamados a ser instrumentos dóciles del Espíritu Santo para que ahí donde ha abundado el pecado pueda sobre abundar la misericordia de Dios (Cfr. Rom 5,20). ¡Ninguno permanezca alejado de Dios a causa de obstáculos puestos por los hombres! Y esto es válido, esto vale también – y lo digo enfatizándolo – a los confesores, es válido para ellos: por favor, no pongan obstáculos a las personas que quieren reconciliarse con Dios.
¡El confesor debe ser un padre! ¡Está en lugar de Dios Padre! El confesor debe acoger a las personas que van a él para reconciliarse con Dios y ayudarlos en el camino de esta reconciliación que está haciendo. Es un ministerio tan bello: no es una sala de torturas ni un interrogatorio, no, es el Padre quien recibe, Dios Padre, Jesús, que recibe y acoge a esta persona y perdona. ¡Dejémonos reconciliar con Dios! ¡Todos nosotros! Redescubramos la necesidad de la ternura y de la cercanía del Padre, y, regresemos a Él con todo el corazón.
Tener la experiencia de la reconciliación con Dios permite descubrir la necesidad de otras formas de reconciliación: en las familias, en las relaciones interpersonales, en las comunidades eclesiales, como también en las relaciones sociales e internacionales. Alguno me decía, los días pasados, que en el mundo existen más enemigos que amigos, y creo que tiene razón. Pero no, hagamos puentes de reconciliación también entre nosotros, comenzando por la misma familia. Cuantos hermanos han discutido y sean alejado solamente por la herencia. Pero mira, ¡esto no es así!
La reconciliación de hecho es también un servicio a la paz, al reconocimiento de los derechos fundamentales de las personas, a la solidaridad y a la acogida de todos.
Aceptemos, por lo tanto, la invitación a dejarnos reconciliar con Dios, para convertirnos en nuevas creaturas y poder irradiar su misericordia en medio a los hermanos, en medio a la gente.

                                                                                                          Fernando

lunes, 12 de junio de 2017

Papa Francisco y la Familia: Ante la angustia y el desconsuelo



El Señor Jesús prometió a sus discípulos que nunca los dejaría solos: que estaría cerca de ellos en cualquier momento de la vida mediante el envío del Espíritu Paráclito (cf. Jn 14,26), para ayudarlos, sostenerlos y consolarlos.
En los momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca y sienta compasión de nosotros. Experimentamos lo que significa estar desorientados, confundidos, golpeados en lo más íntimo, como nunca nos hubiéramos imaginado. Miramos a nuestro alrededor con ojos vacilantes, buscando encontrar a alguien que pueda realmente entender nuestro dolor. La mente se llena de preguntas, pero las respuestas no llegan. La razón por sí sola no es capaz de iluminar nuestro interior, de comprender el dolor que experimentamos y dar la respuesta que esperamos. En esos momentos es cuando más necesitamos las razones del corazón, las únicas que pueden ayudarnos a entender el misterio que envuelve nuestra soledad.
Vemos cuánta tristeza hay en muchos de los rostros que encontramos. Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños... Hay ojos que a menudo se quedan mirando fijos la puesta del sol y que apenas consiguen ver el alba de un nuevo día. Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos..
En este sufrimiento nuestro no estamos solos. También Jesús sabe lo que significa llorar por la pérdida de un ser querido. Es una de las páginas más conmovedoras del Evangelio: cuando Jesús, viendo llorar a María por la muerte de su hermano Lázaro, ni siquiera él fue capaz de contener las lágrimas. Experimentó una profunda conmoción y rompió a llorar (cf. Jn 11,33-35). El evangelista Juan, con esta descripción, muestra cómo Jesús se une al dolor de sus amigos compartiendo su desconsuelo. Las lágrimas de Jesús han desconcertado a muchos teólogos a lo largo de los siglos, pero sobre todo han lavado a muchas almas, han aliviado muchas heridas. Jesús también experimentó en su persona el miedo al sufrimiento y a la muerte, la desilusión y el desconsuelo por la traición de Judas y Pedro, el dolor por la muerte de su amigo Lázaro. Jesús «no abandona a los que ama» (Agustín, In Joh 49,5). 
Si Dios ha llorado, también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de Jesús es el antídoto contra la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas. Me provoca para que sienta la tristeza y desesperación de aquellos a los que les han arrebatado incluso el cuerpo de sus seres queridos, y no tienen ya ni siquiera un lugar donde encontrar consuelo. El llanto de Jesús no puede quedar sin respuesta de parte del que cree en Él. Como Él consuela, también nosotros estamos llamados a consolar.
En el momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de Cristo la oración al Padre. La oración es la verdadera medicina para nuestro sufrimiento. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado. La ternura de su mirada nos consuela, la fuerza de su palabra nos sostiene, infundiendo esperanza. Jesús, junto a la tumba de Lázaro, oró: « Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42). Necesitamos esta certeza: el Padre nos escucha y viene en nuestra ayuda. 
El amor de Dios derramado en nuestros corazones nos permite afirmar que, cuando se ama, nada ni nadie nos apartará de las personas que hemos amado. Lo recuerda el apóstol Pablo con palabras de gran consuelo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos de sobra, gracias a Aquél que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35.37-39). El poder del amor transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de la nuestra con él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Santa Trinidad, fuente eterna de la vida y del amor.

Al lado de cada cruz siempre está la Madre de Jesús. Con su manto, Ella enjuga nuestras lágrimas. Con su mano nos ayuda a levantarnos y nos acompaña en el camino de la esperanza.                        Fernando

lunes, 5 de junio de 2017

Papa Francisco y la Familia: Ante la fiesta de la Ascensión



Esta fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo da inicio a una vida nueva que lleva a anunciar el amor de Dios en todo lugar y circunstancia.
Celebramos esta fiesta, cuarenta días después de la Pascua y una semana antes de Pentecostés. En ella, contemplamos el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terreno para entrar en la plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad.
En este cielo habita ese Dios que se ha revelado tan cercano, hasta tomar el rostro de un hombre, Jesús de Nazaret. ¡Él permanece para siempre, el Dios-con-nosotros y no nos deja solos!.
También nosotros podemos mirar a lo alto para reconocer, en nosotros, a nuestro futuro. En la Ascensión de Jesús, el Crucificado Resucitado, está la promesa de nuestra participación en la plenitud de vida, ante Dios.
Después de que los discípulos vieron subir al cielo a Jesús, vuelven a la ciudad como testimonios que, con alegría, anuncian a todos la vida nueva que viene del Crucificado Resucitado, por cuyo nombre ‘serán predicados a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados’.
Éste es el testimonio que, cada domingo, debería salir de nuestras iglesias, para entrar durante la semana en las casas, en las oficinas, en las casas para los ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en los lugares de encuentro y divertimento, en los hospitales, en las periferias de la ciudad….
Jesús nos ha asegurado en este anuncio y en este testimonio, que seremos revestidos de potencia de lo alto, es decir, con la potencia del Espíritu Santo.
El secreto de esta misión está en la presencia, entre nosotros, del Señor resucitado, que con el don del Espíritu Santo continúa, para abrir nuestra mente y nuestro corazón, para anunciar su amor y su misericordia, también, en los ambientes más difíciles de nuestras ciudades.
El Espíritu Santo es el verdadero artífice de las diversas formas de testimonio con las que la Iglesia y todo bautizado hacen al mundo.
Y no podemos olvidar nunca el recogimiento para alabar a Dios, y la oración para invocar el don del Espíritu Santo.
En esta semana, que lleva a la fiesta de Pentecostés, permanezcamos espiritualmente en el Cenáculo, junto a la Virgen María, para acoger el Espíritu Santo.
                                                                                              Fernando