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jueves, 14 de abril de 2016

Necesitamos pensar


«Quien no quiere pensar es un fanático; quien no osa pensar es un cobarde» (Francis Bacon).
El fanatismo rehúsa el pensamiento. Se refugia en su torre fortificada y canoniza su absolutismo. El fanático no quiere entrar en razón y cree poseer toda la verdad sin los otros. Para él no es necesario pensar. Lo tiene todo claro. Y cree que todos los demás están equivocados. El fanático es un mono­lito contra el cual se estrellan todos y todo. Con él, un diá­logo es imposible porque no necesita aprender nada de na­die. Él impone su ley sin pensar y quien piensa va contra su ley. Así de rotundo y de ridículo es el fanático.
El otro extremo es el cobarde, que no osa pensar. Son mu­chos los que tienen miedo y no se atreven a razonar. El pen­sar les complica la vida, les compromete y evitan este ejerci­cio mental tan básico. La cobardía les lleva a la comodidad de no pensar, y esta comodidad protege su cobardía.

La posición adecuada es pensar para orientar el futuro y abrir para él nuevas metas. Si no pensamos nos quedamos bloqueados y corremos el peligro real de caer en el fanatismo o en la cobardía: dos extremos nocivos para la persona.

miércoles, 13 de abril de 2016

Opinamos mucho y pensamos poco





Luis Landero ha escrito: «En España se opina mucho y piensa poco». Creo que es cierta la sentencia; siempre, claro está, con honrosas excepciones.
Por norma general, en nuestro país pensamos poco. Opinamos de todo y sobre todo y de todos y sobre todos, pero el pensamiento profundo y sereno es escaso, y así nos luce.
Necesitamos pensar para no caer en la banalidad y vivir de la rutina.
No abrimos nuevos horizontes con solo opinar de las cosas; necesitamos pensarlas.
La opinión no es mala, pero es insuficiente. La opinión suele ser el juicio rápido, derivado de un pensamiento rápido.
Si solo opinamos y no pensamos sobre los acontecimientos, las personas y las cosas, nos movemos en la superficialidad, y esta lo trivializa todo.
Acostumbrémonos a pensar antes de opinar; o, mejor dicho, dediquemos más tiempo a pensar que a opinar. Si así lo hacemos, nos equivocaremos menos y nuestro juicio será más razonable y justo.
Ahora bien, el pensar exige silencio y reflexión. Sin estos dos requisitos solo opinamos precipitadamente y, con frecuencia, nos equivocamos.

martes, 12 de abril de 2016

La vaciedad de la demagogia


La demagogia es la capacidad de vestir ideas menores con palabras mayores» (Abraham Lincoln).
La demagogia tiene mucho de palabra grandilocuente y vacía. Las ideas que en ella laten son raquíticas, pero van re­vestidas de un celofán muy vistoso.
Los populismos políticos son demagogia pura. Pretenden engañar al pueblo con promesas vacías, adornadas de oropel.
La demagogia es siempre engañosa porque vende «ideas menores con palabras mayores».
La demagogia es engaño puro y duro. Es un pernicioso instrumento político para confundir a la gente, formulando promesas que no se podrán cumplir.

El demagogo es una figura más dictatorial que democrá­tica. La verdadera democracia no es compatible con la dema­gogia. La democracia es claridad y verdad. La demagogia, en cambio, es oscurantismo y mentira. El demagogo promete y no cumple. El demócrata debe cumplir siempre lo que promete.