domingo, 6 de diciembre de 2015

En el marco del desierto

Lucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada.
Así aparece siempre lo esencial en el mundo y en nuestras vidas. Así penetra en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. Lo esencial no está en manos de los poderosos. Lucas dice escuetamente que «la Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto», no en la Roma imperial ni en el recinto sagrado del Templo de Jerusalén.
En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. El lugar donde se vive de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.
Por eso, algunos profetas añoraban tanto el desierto, símbolo de una vida más sencilla y mejor enraizada en lo esencial, una vida todavía sin distorsionar por tantas infidelidades a Dios y tantas injusticias con el pueblo. En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del «Bautismo», punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.
¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: «Preparad el camino del Señor». Nuestras vidas están sembradas de obstáculos y resistencias que impiden o dificultan la llegada de Dios a nuestros corazones y comunidades, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Dios está siempre cerca. Somos nosotros los que hemos de abrir caminos para acogerlo encarnado en Jesús.
Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión».
José Antonio Pagola
2 Adviento - C
(Lucas 3,1-6)
06 de diciembre 2015

sábado, 5 de diciembre de 2015

Educar para ayudar a buscar la verdad

Muchos padres centran la educación de sus hijos en prepararles para el éxito social y un buen futuro profesional que les garantice la adquisición de bienes materiales. ¿Es suficiente?
Sócrates nos enseñó que la educación más que llenar la mente de contenidos lo que debe hacer es encender la chispa para buscar la verdad y amarla.
Esa misma idea la desarrolló Benedicto XVI en su visita a Gran Bretaña (septiembre de 2010): “La tarea de un maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Se trata de la formación de la persona humana, preparándola para vivir en plenitud. En una palabra, se trata de impartir sabiduría. Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador”.
Educar tiene que ver, también, con humanizar, como dijo Paulo Freire. Tiene que ver con hacer crecer a las personas en sabiduría y bondad; con ayudarles a posicionarse ante los demás de manera sana y efectiva; con enseñar a los hijos el respeto, la valoración por las personas y el auto-conocimiento.
Educar en valores no es un asunto baladí ni tangencial. Porque son los pilares esenciales para ayudar a nuestros hijos a tener una vida equilibrada; a vivir en paz consigo mismo y con los que les rodean; a tener una convivencia social armónica.
No centres la educación de tu hijo únicamente en su preparación profesional y el éxito social. Enséñale a afrontar los desafíos internos y no solo los externos. A sentirse en paz consigo mismo y con los demás. A valorar y saber perseguir una felicidad verdadera y perdurable que tiene mucho más que ver con lo que se es que con lo que se tiene.
Alejandro Córdoba

viernes, 4 de diciembre de 2015

ADVIENTO

Un año más entramos en este tiempo litúrgico. Vuelve a empezar, para nosotros, el ciclo en el que haremos memoria de la vida de Dios en Jesús. Ahora lo comenzamos desde los preparativos, la esperanza, la consciencia de que a un Dios que viene hay que esperarlo y buscarlo. Ese es el sentido de estas semanas. Un tiempo de búsqueda, de deseo, de preguntas. Un plato con dos ingredientes principales: el deseo y la actitud de búsqueda. De esto se trata, en estos días, de desenterrar el anhelo de Dios, que a veces queda sepultado por otras urgencias y prisas. Y de hacerlo de manera activa, dinámica, cada día.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Papa Francisco y la Familia: Ante la Iglesia como la Familia de Dios.


Vayamos a la parábola del Hijo Pródigo, o mejor dicho, del Padre Misericordioso (Lc 15,11-32). El hijo más joven sale de la casa de su padre, dilapida todo y decide volver porque se da cuenta de que cometió un error, pero ya no se considera digno de ser hijo, y piensa poder ser recibido de nuevo, pero como un siervo. El padre, en cambio, corre a su encuentro, lo abraza, le devuelve su dignidad de hijo y lo celebra.
El Señor nos quiso mostrar con esta parábola, el designio de Dios sobre nosotros.
¿Cuál es ese proyecto de Dios? Es hacer de todos nosotros una única familia de sus hijos, en la que cada uno se sienta cerca, y amado por Él, que sienta el calor de ser la familia de Dios. En este gran proyecto encuentra su origen la Iglesia, que nace precisamente de este plan de amor, que se va desarrollando progresivamente en la historia.
La Iglesia pues, nace de la voluntad de Dios de llamar a todos los hombres a la comunión con Él, a su amistad; es más, a participar, como sus hijos, en su misma vida divina. La misma palabra "Iglesia", del griego ekklesia, significa "convocatoria": Dios nos convoca, nos invita a salir del individualismo, de la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos  y nos llama a ser parte de su familia.
Cuando leemos los Evangelios, vemos que Jesús reúne a su alrededor una pequeña comunidad que acoge su palabra, lo sigue, comparte su camino, se convierte en su familia, y con esta comunidad Él prepara su Iglesia.
La Iglesia, entonces, nace del gesto supremo de amor en la Cruz, del costado traspasado de Jesús, del que fluye sangre y agua, símbolos de los sacramentos de la Eucaristía y del Bautismo. En la familia de Dios, en la Iglesia, la savia vital es el amor de Dios que se realiza en amarlo a Él y a los demás, a todos, sin distinción ni medida. La Iglesia es una familia en la que se ama y se es amado.
Y la Iglesia se manifiesta cuando el don del Espíritu Santo, llena el corazón de los Apóstoles y los empuja a salir y a empezar el camino para anunciar el Evangelio, para difundir el amor de Dios. Por eso, cuando alguien dice: "Cristo sí, Iglesia no", o, "yo creo en Dios pero no en los sacerdotes",… no conocen que es precisamente la Iglesia quien nos lleva a Cristo y nos dirige a Dios, y que la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios.
Por supuesto, también se dan aspectos humanos, en los que formamos parte de ella, pastores y fieles: hay defectos, imperfecciones, pecados: hasta el Papa los tiene, ¡eh! … Pero lo hermoso es que cuando nos damos cuenta de que somos pecadores nos encontramos con la misericordia de Dios: ¡Dios siempre perdona!. No olvidemos esto: ¡Dios siempre perdona! Y Él nos recibe en su amor de perdón y de misericordia.
Algunas personas dicen: "Es hermoso esto: el pecado es una ofensa a Dios pero también una oportunidad… para darnos cuenta de que hay otra cosa más hermosa, que es la misericordia de Dios". Pensemos en ello.
¿Preguntémonos hoy: ¿cuánto amo a la Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué hago para que sea una comunidad donde todos se sientan bienvenidos y comprendidos, para que se sienta la misericordia y el amor de Dios que renueva su vida? La fe es un don y un acto que nos afecta personalmente, y además, Dios nos llama a vivir, …juntos,… nuestra fe, como una familia, como Iglesia.
Pidamos al Señor de una manera especial por nuestras comunidades, por toda la Iglesia, … que cada vez sean más familias las que viven y nos traen el calor de Dios. Gracias.
                                                                                             
Fernando

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Papa Francisco y la Familia… Ante la Unción de los enfermos


Conviene tener claro que el Papa nos habla del sacramento de la “Unción de los Enfermos”, y no de la antigua expresión “Extremaunción”.

Primeramente, este sacramento se entiende con el relato bíblico del Buen Samaritano que cuida al hombre que ha sido robado, golpeado y abandonado en medio del camino, y que luego lo lleva a que sea cuidado en un albergue, que representa a la Iglesia,  que como “comunidad cristiana, somos nosotros, a los cuales cada día el Señor Jesús nos confía a aquellos que están afligidos, en el cuerpo y en el espíritu, para que podamos continuar derramando sobre ellos, sin medida, toda su misericordia y su salvación”.

Sabemos que toda persona mayor de 65 años puede recibir el sacramento, en el que “es Jesús quien se acerca. Pero, cuando hay un enfermo, en casa o en el hospital, se piensa: - ‘Llamemos al cura, al sacerdote para que venga. -No, no, porque trae mala suerte,… entonces… -no, no lo llamamos’, o, … -´se asustará el enfermo’. ¿Por qué? Porque existe un poco la idea de que, cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después de él, llega la pompa fúnebre: y eso no es verdad, ¡eh!”
“El sacerdote viene para ayudar al enfermo o al anciano: por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo: ‘hay un enfermo,… venga, dele la unción, bendígalo’. Porque es Jesús quien llega para aliviarlo, para darle fuerza, para darle esperanza, para ayudarlo. También –lo más importante- para perdonarle los pecados. ¡Y esto es hermoso!”

El Papa nos insta además, a no pensar que “esto sea un tabú, porque siempre es hermoso saber que, en el momento del dolor y de la enfermedad, nosotros no estamos solos: el sacerdote y aquellos que están presentes durante la Unción de los Enfermos representan, en efecto, a toda la comunidad cristiana que, como un único cuerpo, con Jesús, se estrecha entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza, y apoyándolos con la oración y el calor fraterno”.
“Pero el consuelo más grande deriva del hecho de que, el que se hace presente en el Sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma de la mano, nos acaricia como hacía con los enfermos, Él, y nos recuerda que ya le pertenecemos y que nada –ni siquiera el mal y la muerte– podrá nunca separarnos de Él”.

Finalmente, el Papa Francisco nos exhorta a tener “esta costumbre de llamar al sacerdote, porque a nuestros enfermos –no digo los enfermos de gripe, de tres o cuatro días, sino cuando es una enfermedad seria– y también a nuestros ancianos, que venga y les dé este Sacramento, este consuelo, esta fuerza de Jesús para seguir adelante. ¡Hagámoslo así! Gracias”.

                                                                                                                             Fernando

martes, 1 de diciembre de 2015

Buscador de Dios

Tú que le has sentido dentro, busca y camina, sal a su encuentro, vuelve adonde le viste, camina y corre a su lado.
Buscador de Dios, porque un día te habló muy dentro, te trató como nadie lo había hecho, te puso un nombre nuevo y te descubrió quién eras.
No te importe que ahora no le sientas, no te asustes cuando te encuentres vacío, no temas si a veces dudas y piensas que todo fue un sueño.
Sigue adelante, rastrea su presencia, ponte a tiro. Recuerda esos días en que lo intuiste, vive de ellos pero camina en su búsqueda.
No intentes retenerle, pues se te escapará. No te acostumbres a Él, pues siempre sorprende. Cuando creas que ya lo sabes todo, vuelve a aquel momento en que buscabas a oscuras y deja entonces que te asombre, ilumine y desborde.
Buscador de Dios, no estás solo, Él va contigo. Junto a ti caminan otros con los que puedes compartir, dejarte enseñar y aprender.

Vuélvete hacia dentro y busca, sal hacia fuera y comparte. Confía y agradece, ora y camina. Busca siempre, aunque quizá cuando te canses y pares, Él te encuentre. 

Dani Cuesta, sj

lunes, 30 de noviembre de 2015

Prudencia y discernimiento

Dice Robert Spaemann que para obrar bien es preciso hacer justicia a la realidad. Esto requiere de la prudencia, la más importante de las virtudes morales. En la vida personal cotidiana, en la vida eclesial (lo hemos visto en el Sínodo de la familia) o en la vida social (por ejemplo en la perspectiva de unas elecciones) es necesaria la prudencia, que no es mera cautela o moderación, sino “sensatez o buen juicio”. Consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo en una determinada situación, para saber cómo hay que actuar y decidirse a ello.