viernes, 7 de julio de 2017

A Jesús de Nazaret


Jesús: Maestro entre los discípulos, amigo, entre los amigos,
Dios, entre los hombres.
Como los doce, estamos en oración puestos nuestros ojos en Ti, y te suplicamos que prepares nuestra tierra, renueves los surcos de nuestro corazón, dejes caer tu lluvia sobre nuestra sequía, apartes las piedras y las durezas pesadas del camino.

Haznos:
tierra permeable,
mullida y abierta a tu voluntad,
donde pueda brotar la esperanza,
donde se pueda recoger alegría,
donde pueda detenerse
el joven que empieza a vivir,
el niño indefenso,
el viajero, cansado de la vida,
el que busca, el que desespera…

Te lo pedimos unidas, entre nosotras y con María.
Te lo pedimos unidas a Ti, porque sólo así podemos encontrar la vida.

jueves, 6 de julio de 2017

Buenos días


Padre Nuestro:
No digas “Padre” si cada día no te portas como un hijo.
No digas “Nuestro” si vives aislado y siendo un egoísta.
No digas “que estás en los cielos”, si sólo piensas en las cosas de la tierra.
No digas “Santificado sea tu nombre” si no honras.
No digas “Venga a nosotros tu reino”, si lo confundes con el dinero.
No digas “Hágase tu voluntad” si no la aceptas cuando es dolorosa.
No digas “Nuestro pan dánoslo hoy”, si no te preocupas de la gente sin pan y cobijo.
No digas “Perdona nuestras deudas” si no eres capaz de perdonar a deudores.
No digas “No nos dejes caer en la tentación” si tienes la intención de seguir pecando.
No digas “Líbranos del mal” si no tomas partido contra el mal.
No digas “Amen” si no has tomado en serio estas palabras.

miércoles, 5 de julio de 2017

Ayúdame a decir la verdad

SEÑOR...
delante de los fuertes y
a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes
inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.

Enséñame a querer a la gente como a mí mismo y
a no juzgarme como a los demás..
No me dejes caer en el orgullo si triunfo,
ni en la desesperación su fracaso.
Más bien recuérdame que el fracaso es la
experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y
que la venganza es una señal de bajeza.
Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
¡Señor... si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

lunes, 3 de julio de 2017

Papa Francisco y la familia: el no juzgar a los demás



El no juzgar a los demás es muy importante, puesto que el único que puede hacerlo es Dios, y, nosotros, antes de hacerlo, mirémonos en el espejo.
Todos queremos que en el Juicio Final el Señor nos mire con benevolencia, que el Señor se olvide de tantas cosas feas que hemos hecho en la vida. Y si tú juzgas continuamente a los otros, con la misma medida serás juzgado, nos dice el Evangelio.
Mírate en el espejo, pero no para maquillarte y que no se vean las arrugas. No, no, no, ese no es el consejo. Mírate al espejo para ver cómo eres. ‘¿Por qué miras las brizna que hay en el ojo de tu hermano y no te fijas en la viga que tienes en el tuyo’? ¿Y cómo nos califica el Señor cuando hacemos esto? Una sola palabra: hipócrita, quita antes la viga de tu ojo y entonces verás bien para quitar la brizna del ojo de tu hermano, nos dice Jesús.
Cuando leemos este pasaje del Evangelio, parece que el Señor se enfada un poco aquí, y llama hipócrita a aquel que se pone en el lugar de Dios. Se trata de algo que quiere el demonio, como ya hizo con Adán y Eva, ponerse en el lugar de Dios.
Por eso es tan feo juzgar. ¡El juicio sólo es de Dios, sólo es suyo! A nosotros nos corresponde el amor, la comprensión, rezar por los otros cuando vemos cosas que no son buenas, pero también hablarles a ellos: ‘mira, yo veo esto y quizás…’ Pero nunca juzgar. Nunca. Esto es hipocresía”.
Cuando nosotros juzgamos, nos ponemos en el puesto de Dios, y nuestro juicio es un pobre juicio, nunca puede ser un juicio verdadero.
Preguntémonos: ¿por qué nuestro juicio no puede ser como el de Dios?. Porque, a nuestro juicio le falta la misericordia. Y cuando Dios juzga, juzga con misericordia.
Pensemos hoy en esto que el Señor nos dice: no juzgar, para no ser juzgados;  el modo, la medida con la cual juzguemos será la misma que usarán con nosotros; y, tercero, mirémonos en el espejo antes de juzgar. ‘Esta hace eso, este hace eso otro…’. ‘Espera un momento’. Me miro en el espejo, y después, pienso. Al contrario seré un hipócrita, porque me pongo en el lugar de Dios y, también, mi juicio es un pobre juicio; le falta algo importante que sí tiene el juicio de Dios, le falta la misericordia.
Que el Señor nos haga entender bien estas cosas. Amén.
                                                                                  Fernando

  

domingo, 2 de julio de 2017

La familia no es intocable

Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la "familia" en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el Evangelio. Y, sin embargo, no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas en la realidad.
Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras.
Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio. Y ha criticado duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia.
Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos sus hijos e hijas colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí".
Cuando la familia impide la solidaridad y fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los hombres, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares.
¿Son nuestros hogares una escuela de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón? ¿O son precisamente lugar de "desevangelización" y correa de transmisión de los egoísmos, injusticias, convencionalismos, alienaciones y superficialidad de nuestra sociedad?
¿Qué decir de la familia donde se orienta al hijo hacia un clasismo egoísta, una vida instalada y segura, un ideal del máximo lucro, olvidando todo lo demás? ¿Se está educando al hijo cuando lo estimulamos solo para la competencia y rivalidad, y no para el servicio y la solidaridad?
¿Es esta la familia que tenemos que defender los católicos? ¿Es esta la familia donde las nuevas generaciones pueden escuchar el Evangelio? ¿O es esta la familia que también hoy hemos de "abandonar", de alguna manera, para ser fieles al proyecto de vida querido por Jesús?

13 Tiempo ordinario - A
(Mateo 10,37-42)
02 de julio 2017

sábado, 1 de julio de 2017

El islam que difunde Arabia Saudí

La ideología wahabí-salafita que se vive en Arabia Saudita difunde a escala internacional una ideología religiosa que hace explícita referencia al odio, a la intolerancia y a numerosas violaciones a los derechos del hombre.
Henda Ayari, musulmana franco-tunecina, ha escrito un libro llamado “Elegí ser libre” donde cuenta su cambio del islam radical a uno moderado.
Una de las prioridades de Riad es el de difundir una visión fanática del islam saudita sunita. Para ello destina millones de petrodólares en las organizaciones islámicas de todo el mundo.
En uno de los muchos textos que distribuyen para propagar su doctrina en todo el mundo, podemos leer las palabras de un alto funcionario religioso. “No te unas con los infieles, ódialos por su religión, abandónalos, no cuentes jamás con ellos ni en caso de necesidad, no los admires, contrástalos siempre en todos los modos posibles y en conformidad con la ley islámica”.
En el librito de bienvenida del servicio cultural de la embajada de Arabia Saudita en Washington dice “Nunca saluden a los cristianos ni a los hebreos. No se alegren jamás con el infiel por sus fiestas. No se hagan amigos con los infieles excepto para convertirlos”.
Estos textos llenan hoy las bibliotecas, las salas de estudio, las mezquitas de todo el mundo.
Esos libros muestran el adoctrinamiento de los musulmanes hacia la ideología beligerante y hostil de la secta radical wahabí salafita de Arabia Saudita.
Todos los sauditas deben ser obligatoriamente musulmanes y el gobierno saudita, en colaboración con el establishment religioso del país, impone el wahabismo como doctrina oficial del Estado.
El wahabismo aplicado a la monarquía saudita, y sobre el cual ella fundó la propia legitimidad, se presenta como una ideología fanáticamente sectaria, xenófoba y a veces violenta.

Sus textos rechazan la coexistencia de las diversas religiones y condena en modo explícito a los cristianos, a los hebreos, a cuantos no son musulmanes, así como a los musulmanes no wahabíes. Y basan su desprecio hacia los Estado no musulmanes, en que estos países son regulados por leyes civiles y no por la ley islámica de tipo wahabí.
Alejandro Córdoba