lunes, 5 de diciembre de 2016

Año de la Misericordia: El Papa Francisco y la Eucaristía



Hemos venido desde distintos lugares, para celebrar la presencia de vida, de Dios, entre nosotros. Salimos de nuestras casas para estar juntos en la Eucaristía, como Pueblo Santo de Dios. La cruz del altar, nos trae el recuerdo de cuantos han nacido, en el nombre de Jesús, en estas tierras, de los que nosotros somos sus herederos.
En el Evangelio de “la multiplicación de los panes y los peces” se nos describe una situación bastante similar a la que estamos viviendo ahora. Al igual que aquellas cuatro mil personas, venimos a escuchar la Palabra de Jesús, y recibir su vida. Ellos ayer y nosotros hoy, junto al Maestro, Pan de vida.
          Siempre me ha conmovido ver a muchas madres cargando a sus hijos, en las espaldas, … llevando sobre sí la vida, y el futuro de su gente; llevando sus motivos de alegría, sus esperanzas; llevando la bendición de la tierra en los frutos; llevando el trabajo realizado por sus manos: manos que han labrado el presente y tejerán las ilusiones del mañana; pero también cargando sobre sus hombros, desilusiones, tristezas y amarguras, la injusticia que parece no detenerse y las cicatrices de una justicia no realizada; cargando sobre sí, el gozo y el dolor de una tierra, como llevando sobre vosotras la memoria de vuestro pueblo. Porque los pueblos tienen memoria, una memoria que pasa de generación en generación, pues los pueblos tienen una memoria en camino. Es también, memoria, hoy, que presentamos al Señor en el inicio de cada Eucaristía.
No son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino. No son pocas las veces que nos faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza: cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria, y así, se debilita la esperanza, y se van perdiendo los motivos de alegría. Entonces comienza a ganarnos una tristeza que se vuelve individualista, que nos hace perder la memoria de pueblo amado, de pueblo elegido. Y esa pérdida nos disgrega, hace que nos cerremos a los demás, especialmente a los más pobres.
Nos puede suceder lo que a aquellos discípulos, cuando vieron aquella cantidad de gente. Le piden a Jesús que los despida,… ¡mándalos a casa!, ya que es imposible alimentar a tanta gente. Frente a tantas situaciones de hambre en el mundo podemos decir: «Perdón. No nos dan los números, no nos cuadran las cuentas». Nos es imposible enfrentarnos a estas situaciones, y entonces, la desesperación termina ganándonos el corazón.
En un corazón desesperado es muy fácil que gane espacio la lógica que pretende imponerse en el mundo, en todo el mundo, en nuestros días. Una lógica que busca transformar todo en objeto de cambio, todo en objeto de consumo, todo es negociable. Una lógica que pretende dejar espacio a muy pocos, descartando a todos aquellos que no «producen», que no se los considera aptos o dignos porque aparentemente «no nos dan los números».
Y Jesús una vez más vuelve a hablarnos y nos dice...: No, no, no es necesario excluirlos, no es necesario que se vayan, denles ustedes de comer.Es una invitación que resuena con fuerza, para nosotros, hoy: «No es necesario excluir a nadie, no es necesario que nadie se vaya, basta de descartes, denles ustedes de comer». Jesús nos lo sigue diciendo.
La mirada de Jesús no acepta esa lógica, esa mirada que siempre «corta el hilo» por el más débil, por el más necesitado. Al contrario, Él mismo nos da el ejemplo, nos muestra el camino: con una actitud en tres palabras, toma un poco de pan y unos peces, los bendice, los parte y entrega para que los discípulos lo compartan con los demás. Y este es el camino del milagro. Ciertamente no es magia o idolatría. Jesús, por medio de estas tres acciones logra transformar una lógica del descarte, en una lógica de comunión, en una lógica de comunidad, en una Eucaristía. Quisiera subrayar brevemente cada una de estas acciones:
Toma: El punto de partida, es tomar muy en serio la vida de los suyos. Los mira a los ojos y en ellos conoce su vivir, su sentir. Ve en esas miradas lo que late, y lo que ha dejado de latir en la memoria y el corazón de su pueblo. Lo considera y lo valora. Valoriza todo lo bueno que pueden aportar, todo lo bueno desde donde se puede construir. Pero no habla de los objetos, o de los bienes culturales, o de las ideas; sino habla de las personas. La riqueza más plena de una sociedad se mide en la vida de su gente, se mide en sus ancianos que logran transmitir su sabiduría y la memoria de su pueblo a los más pequeños. Jesús nunca se salta la dignidad de nadie, por más apariencia de no tener nada para aportar y compartir. Toma todo, como viene.
Bendice: Jesús toma sobre sí, y bendice al Padre que está en los cielos. Sabe que estos dones son un regalo de Dios. Por eso, no los trata como «cualquier cosa» ya que toda vida, toda esa vida, es fruto del amor misericordioso. Él lo reconoce. Va más allá de la simple apariencia, y en este gesto de bendecir, de alabar, pide a su Padre el don del Espíritu Santo. El bendecir tiene esa doble mirada, por un lado agradecer y por el otro poder transformar. Es reconocer que la vida, siempre es un don, un regalo que puesto en las manos de Dios, adquiere una fuerza de multiplicación. Nuestro Padre no nos quita nada, todo lo multiplica.
Entrega: En Jesús, no existe un tomar que no sea una bendición, y no existe una bendición que no sea una entrega. La bendición siempre es misión, tiene un destino, compartir, el condividir de lo que se ha recibido, ya que sólo en la entrega, en el com-par-tir es cuando las personas encontramos la fuente de la alegría y la experiencia de salvación. Una entrega que quiere reconstruir la memoria de pueblo Santo, de pueblo invitado, a ser y a llevar por la alegría de la salvación. Las manos que Jesús levanta, en la Eucaristía, para bendecir al Dios del cielo son las mismas que distribuyen el pan a la multitud que tiene hambre. Podemos imaginar cómo iban pasando de mano en mano los panes y los peces hasta llegar a los más alejados. Jesús, logra generar una corriente entre los suyos, todos iban compartiendo lo propio, convirtiéndolo en don para los demás y así fue como comieron hasta saciarse, increíblemente sobró: lo recogieron en siete canastas. Una memoria tomada, una memoria bendecida, una memoria entregada siempre sacia a un pueblo.
La Eucaristía: Es el «Pan partido para la vida del mundo». Es Sacramento de comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento y nos da la certeza de lo que tenemos, de lo que somos, si es tomado, si es bendecido y si es entregado, con el poder de Dios, con el poder de su amor, se convierte en pan de vida para los demás.
Y la Iglesia celebra la Eucaristía, celebra la memoria del Señor: el sacrificio del Señor. Porque la iglesia es comunidad memoriosa. Por eso fiel al mandato del Señor, dice una y otra vez: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19) Actualiza, hace real, generación tras generación, en los distintos rincones de nuestra tierra, el misterio del Pan de Vida. Nos lo hace presente, nos lo entrega. Jesús quiere que participemos de su vida y, a través nuestro, se vaya multiplicando en nuestra sociedad. No somos personas aisladas, separadas, sino somos el Pueblo de la memoria actualizada y siempre entregada.
Una vida memoriosa necesita de los demás, del intercambio, del encuentro, de una solidaridad real que sea capaz de entrar en la lógica del tomar, bendecir y entregar; en la lógica del amor.
María, al igual que muchas madres llevó sobre sí la memoria de su pueblo, la vida de su Hijo, y experimentó en sí misma la grandeza de Dios, proclamando con júbilo que Él «colma de bienes a los hambrientos» (Lc 1,53), que ella sea hoy nuestro ejemplo para confiar en la bondad del Señor que hace obras grandes con poca cosa, con la humildad de sus siervos. Que así sea.

    Fernando


No hay comentarios:

Publicar un comentario