sábado, 28 de enero de 2017

El obispo que descubrió el placer de no ser importante

Hace unos años, en una playa francesa, apareció el cadáver de un hombre. Debía de tener cerca de setenta años y no había en él nada que ayudase a identificarle. La muerte le había sorprendido en solitario.
Los rasgos de su rostro aparecían desfigurados por la larga permanencia del cuerpo en el agua. El cadáver fue trasladado al Instituto Anatómico Forense de Montpellier, en espera de que alguien reclamase los restos de aquel viejo, a quien una crisis cardiaca había sorprendido en pleno baño, tal vez a una hora en que la playa estaba solitaria.
Nadie parecía haberle echado en falta. ¿Era tal vez un mendigo sin casa ni familia? ¿Era alguien no amado por nadie?, ¿alguien sin quien el mundo podía seguir avanzando como si nunca hubiera vivido?
Sólo al séptimo día se supo que aquel cadáver era el de monseñor Riobé, obispo de Orleáns, uno de los hombres más queridos y valorados del Episcopado francés. El periodista religioso de Paris-Match, Robert Serrou, le había prestado, quince días antes, su casita a la orilla del mar.
El obispo había estado gozando de su retiro como un chiquillo. Pocas horas antes de su muerte habla escrito la que sería su última carta: «Estoy conociendo, casi por primera vez en muchos años, el placer de no ser importante; de pasar inadvertido. Por las tardes, cuando la playa se queda desierta, suelo darme un baño. Vivo intensamente la vida sin prisas ni ataduras. Me siento en paz con la vida, conmigo mismo y con el mundo. Rezo.
MORALEJA
¿Donde está la paz interior? ¿Qué es lo importante para tener una vida plena?
Desde el retiro de mi pueblo te propongo que lo pienses y lo repienses. Que lo digieras y que captes la paz que transmite.
Alejandro Córdoba

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