lunes, 27 de junio de 2016

Papa Francisco y la Familia en el Año de la Misericordia: vivir con María la alegría del encuentro con Cristo.



                En este año de la Misericordia, se nos invita a vivir, con María, la alegría del
encuentro con la gracia que lo transforma todo, ya que, María es llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor ha hecho en ella. La gracia de Dios la ha envuelto, haciéndola digna de convertirse en la madre de Cristo.
Cuando Gabriel entra en su casa, hasta el misterio más profundo que va más más allá de la capacidad de la razón, se convierte para ella en motivo de alegría, de fe y de abandono a la palabra que se revela.
Es que la plenitud de la gracia puede transformar el corazón, y lo hace capaz de realizar un acto tan grande, que puede cambiar la historia de la humanidad.
El Señor nos presenta, pues, a María como la expresión de la grandeza del amor Dios, puesto que Él no es sólo quien perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original, que todo hombre lleva en sí, cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva.
Sin embargo, siempre existe la tentación de la desobediencia, que se expresa en el deseo de organizar nuestra vida independientemente de la voluntad de Dios. Es ésta la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios, ya que la historia del pecado solamente se puede comprender a la luz del amor que perdona.
Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo integra todo en la misericordia del Padre.
               
Hay que insistir en que el Jubileo de la Misericordia es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Por eso, será un año para crecer en la convicción de la misericordia.
Cuánta ofensa se le hace a Dios y a su gracia, cuando se afirma, sobre todo, que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia.
Sí, es precisamente así. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia. Así, atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, nos hace sentir partícipes de este misterio de amor.

Recordemos al concilio Vaticano II ya que fue un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de los escollos que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero.  Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo.
El Jubileo nos provoca esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la Conclusión del concilio. Cruzar hoy la Puerta Santa nos compromete a hacer nuestra, la misericordia del Buen Samaritano”. Que así sea.

                                                                              Fernando

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